La última papa frita

Miguel no lo sabía, Ana sí… ¿Acaso se puede anticipar el final de un amor antes de que comience el diálogo de clausura? A veces sí, reparando en el discurso latente, en las miradas perdidas, en la ausente sensación de paz que alguna vez los llevó a estar juntos, plenos, sonriendo al pulso de un amor que se vive como una embriaguez sin vino.

Fueron a cenar en un sitio que visitaban esporádicamente, un restaurante ideal para paliar el hambre a bajo costo. Miguel quiso comer una hamburguesa y Ana dijo no tener mucha hambre, aunque luego acordó pedir una ración de papas fritas en conjunto con su novio… Eso sí, con un chorro de mostaza y otro de kétchup en el lateral del plato, para cumplir con el sagrado ritual de untar cada una de sus larguiruchas y aceitosas patatas antes de comerlas. Así avanzaron en su comida, como si fuese una función ensayada por años. Sin embargo había una tensa calma. Esa noche los diálogos fueron breves, precisos, las sonrisas austeras y poco efusivas. 

Ana dijo querer decir algo que no sabía cómo decir, mientras su mano temblorosa empuñaba una servilleta… aunque luego parecía que se aferraba a ese papel para no desplomarse. La voz de ella se quebraba diciendo que ya no estaba gusto con ella ni con nadie, que sentía hastío de no sonreír en su alma, meses de incomprensión, ganas de llorar y no entender por qué, de querer cambiar mil aspectos en su vida y no saber por dónde empezar. 

Prestando atención al discurso, Miguel no se percató de las lágrimas de Ana, que rodaban por sus mejillas como un caudal creciente. “Tengo meses queriendo decirte que nada tiene que ver contigo, soy yo, que no me encuentro”, expresó la chica; mientras su interlocutor permanecía inmutado sin saber muy bien en qué momento la cena se convirtió en un adiós.

Miguel lo presentía, con meses de intentos por sacarle sonrisas a Ana y no poder. Ganas infructuosas de verla bien, como antes. Estuvieron cinco años juntos. De a poco se fueron alejando y no por intrusos, sencillamente fueron soltando sus manos. Coincidían en cansancio y divergían en razones, que al final no importaba mucho averiguarlas.

Ana declaraba su libertad esa noche, también liberaba a Miguel. Se tomaron un instante para digerir el asunto y pidieron la cuenta. Allí quedó un rastro de lo que alguna vez fue un amor, servilletas dobladas donde estuvo una hamburguesa y una papa frita huérfana sobre un papel traslúcido con trazos de kétchup y mostaza, sobre el modesto plato de la última ración que pidieron juntos. Ninguno la quiso, ya estaba fría, ocupaba la mesa como la nostálgica espectadora de una escena que no se repetiría.

(historia dedicada a todas las papas fritas que vieron a una relación terminarse)

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Leonard Cohen despide a su Marianne a través de una carta

El ilustre intérprete y poeta canadiense Leonard Cohen, compositor de famosas y versionadas canciones de la cultura pop como Hallelujah y Everybody knows; despidió con una carta al amor de su juventud Marianne Ilhen, de nacionalidad noruega y quien fue la musa de su tema So long Marianne.

A sus 81 años, Marianne se despidió de este mundo en un hospital de Oslo y solo algunas semanas después de ser diagnosticada con leucemia. Cuando el intérprete se enteró de la recaída de la mujer que conoció hace casi seis décadas en la isla griega de Hidra, frente al mar Egeo, envió una carta que parafraseada planteaba lo siguiente:

“Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor, te veré por el camino.”

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Aunque no estuvo a su lado, Marianne recibió la carta y la pudo leer en plena consciencia, así lo explicó el realizador noruego Jan Christian Mollestad que la acompañó hasta el final.

En Hidra (lugar que acogió una comunidad internacional de artistas y bohemios en la década del 60) Marianne fue abandonada por su esposo, el escritor Axel Jensen, con quien tuvo un hijo. De esa ruptura surgió el acercamiento con Cohen, que derivó en una relación de siete años, con altibajos y llevada por temporadas a Montreal y Nueva York.

Con la noruega a su lado Cohen vivió la evolución de sus destrezas creativas, que en un principio se decantaban por la poesía y luego se abrió camino en la música. El cantante alguna vez dijo que Marianne era la mujer era la mujer más hermosa que había conocido en su vida, que era perfecta.