Hay espacio para tus escritos de amor

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A destiempo

Debo empezar confesando que sólo hasta el mes pasado, casi seis meses después de que te fueras de casa, me di cuenta de que nos habíamos separado.

Cuando me asomé al balcón a esperar que Adrián subiera al carro, reconocí en tus gestos que habías empezado a enamorarte de alguien más. Tratabas de ser discreto, por supuesto, tu hijo llegaría en cualquier momento; pero aun así el modo en que tomabas su pelo y sonreías era muy elocuente. No alcancé a detallarla porque sólo lograba reparar en ese coqueteo tuyo que llegué a conocer tan bien. Y me enloquecí de celos, de ira, de angustia. “¿Cómo pudiste, cómo pudiste, cómo pudiste?”, me repetía. “¡Pero si seguimos casados!”. Hasta busqué el anillo y volví a ponérmelo, como para sentirme segura de nosotros. “Seguimos casados, está todo bien”.

Hasta ese momento juraba que tu ida de casa no era más que una malcriadez, un arranque de dignidad del que te arrepentías todos los días. Estaba segura de que en cualquier momento me invitarías a cenar, dejaríamos a Adrián donde tu mamá y terminaríamos en casa. Después de 12 años juntos y decenas de rompimientos era lo predecible: siempre volvías sin importar de quién fuera la culpa.

Por eso, cuando mis amigas me preguntaban cómo me sentía, les respondía “¡Súper!”, “Liberada”, “Feliz”, “De 20 de nuevo”, y me reía. Al fin y al cabo -pensaba- soy joven y  atlética, más bonita que cualquiera que pueda levantarse él, con ese poco de canas y esa panza abultada. Ellas se miraban entre sí y cambiaban de tema. Sólo Mireya insistía en que lo pensara bien. Me preguntaba, impertinente como de costumbre, si estaba segura, por qué no te llamaba. “¿Yo?”, le respondía con voz atontada. “¡Él es quien se fue!”. Y con eso zanjaba la conversa.

Claro, no había entendido la magnitud de lo que estaba viviendo. No había caído en cuenta de que de verdad verdad, ahora sí, te habías fijado en alguien más harto de mis desplantes, de dormirte abrazado a Adrián porque yo no llegaba, de mis reuniones con amigas, amigos, compañeros de trabajo, compañeros de natación, de mi incapacidad de sentarme con Adrián a hacer tareas al menos una vez a la semana, de mi inapetencia, de mi impaciencia para escucharte, de mi frialdad, de mis faltas de respuesta a tus “te amo”… De eso que me pediste tantas veces que cambiara y que yo siempre asumí que debías aguantar.

No sé si es muy tarde para esta carta. Estoy segura de que no esperabas que te escribiera en este momento y de que muy probablemente hayas descartado la idea de que volvamos a estar juntos. Pero creo que nos merecemos encontrar un modo de empezar de nuevo. También sé que no fui la esposa más adorable que hayas podido tener y que piensas que te escribo movida por los celos y que, una vez que nos reconciliemos, volveré a comportarme igual. Pero te juro que nunca había sentido esta angustia. ¡En estos días he extrañado hasta la música horrenda que escuchabas en el carro!

Aunque parezca impensable me sorprendo extrañando ese modo tuyo de hablar, tan lento que me exasperaba; tu suéter verde desteñido atravesado siempre de la silla de la sala; tus libros apilados en mi mesa de noche. Quisiera que volvieras a tomarme la mano para ver televisión como si, incluso teniéndome al lado, necesitaras estar seguro de que sigo ahí. Quisiera volver a escucharte poniendo voces mientras le lees algún cuento a Adrián e imitas relojes, carros, pájaros, vacas, ovejas, niños… Entiendo que lo que hemos pasado no se arregla con unos cuantos párrafos, pero no quería dejar de decirte lo que siento: lo lamento y te extraño. ¿Podemos hablar?