Cartas de amor ante la óptica de una psicoterapeuta

Ella reflexiona sobre las cartas de amor como un producto documental de las emociones, como un barco que lleva a cuestas una tripulación de palabras que demandan profunda reflexión, por su condición transformadora e incluso peligrosa. En nuestra búsqueda de lecturas vinculadas al género epistolar hemos dado con este texto de la psicoterapeuta mexicana Vale Villa, en su columna ‘La vida de las emociones’ del portal http://www.razon.com.mx/; donde evalúa el tiempo como un elemento que hace mutar la percepción discursiva sobre la carta, también la carta como ejercicio terapéutico y la infortunada carta sin respuesta, como indicador de una relación en clausura. Esperamos que el contenido le resulte a nuestros carteadores tan interesante como a nosotros.

A continuación el texto:

Se nombran las cosas para confirmar su existencia. Se escriben cartas, sin saberlo, para documentar la vida de las emociones.

Una carta de amor es una fotografía de la historia amorosa, aún hoy, en la era de la mensajería instantánea, aunque es posible que la inmediatez disminuya la reflexión y la profundidad de lo escrito. Hablo del peligro de apretar “enviar” como un impulso que puede convertir la carta en un acto de torpeza más que de amor. Las palabras son poderosas y pueden ser peligrosas, por eso hay que pensarlas antes de decirlas y mucho más antes de escribirlas.

Regresar a leer pedazos del pasado, a reconocerse como autor de esas letras, a veces resulta sorpresivo y hasta extraño. El paso del tiempo puede ser devastador para el significado de la carta. ¿Era usted quien sentía y pensaba que jamás volvería a amar así? Las emociones son bastante más pasajeras y circunstanciales de lo que, por idealismo, se suele admitir.

Se escriben cartas de amor a la pareja, a los padres, a los hermanos, a los amigos, a los hijos. Para los testigos externos y ajenos a la historia, una carta puede parecer ridícula, cursi. El adjetivo cursi, por cierto, suele funcionar como dispositivo de control para imponer qué es válido sentir y cómo debería ser expresado. Los hombres en especial, los intelectuales consumidos por su personaje, o la gente “muy seria y muy formal”, sienten terror de ser cursis porque han sido instruidos para aparentar invulnerabilidad. Confesar el amor es exponerse a no ser correspondido; es privilegiar la expresión del afecto por encima del ego.

Las cartas pueden ser ejercicios terapéuticos cuando el destinatario es simbólico. Se escriben pero no se envían y sirven de desahogo, para ordenar el pensamiento, para intentar delimitar un sentimiento inasible.

La carta de amor se convierte en sufrimiento cuando no es correspondida. Enviar cartas de amor desesperado que se quedan sin respuesta, puede hablar de alguien que no sabe decir adiós ni respetar el silencio de quien ya no ama y no responde porque no ya no está.

La intensidad erótica es amplificada por la carta. La borrachera de los sentidos parece durar más si queda documentada la intensidad de una pasión:

“Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer, un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable” (Anaïs Nin y Henry Miller: Una pasión literaria. Correspondencia (1932-1953) http://www.siruela.com/catalogo.php…).

@valevillag

http://www.youtube.com/watch?v=09phTy3sIoM

Contundente adiós al trastorno de ansiedad

Carta liberadora, testimonio de las batallas que alguien puede librar consigo mismo. Se trata de un texto dedicado a la ansiedad, autoría de la bloguera costarricense Johana Isabel Sánchez Madrigal, con 25 de edad, responsable del portal https://colormetanoia.wordpress.com/. Su padecimiento comenzó con un miedo a la taquicardia o a morir de un paro cardiaco, lo que derivó en ataques de pánico, agorafobia (temor obsesivo ante los espacios abiertos) y miedo a los lugares solitarios. Tras la valoración de un grupo multidisciplinario se le diagnosticó “ataque de ansiedad generalizado”, resumido por ella como “un mal chiste provocado por la angustia de la mente”. Mediante terapias de psicología cognitiva pudo superar este padecimiento, para luego dar un giro radical a su modo de vida. Ahora dedica buena parte de su tiempo a la escritura de un blog y a la composición musical de un estilo que describió como “lírico electro-pop”. Enhorabuena por ella y que la carta ayude a otras personas en igual condición.

Carta de despedida: Querida ansiedad

Sí. Querida. Meses atrás podría estar internándome yo misma en el Chapuí por llamarte así. Te escribo, porque hay muchas cosas que me gustarían decirte. En especial, gracias. Y no es un gracias cualquiera. Lo escribo y ya siento donde se me empañan los ojos.

He aprendido que sin vos, no sería la persona que soy ahora; una persona mejor. Y la vida me hizo entenderlo. Si pudiera arrancar los días donde sentía que estaba a punto de morir, ahora, no lo haría. Ya no los quiero quitar. Recuerdo el terror con valentía. Esa etapa de ansiedad irremediable me marcó cicatrices, pero me dejó enseñanzas invaluables.

En el transcurso del tiempo, luché contra vos. Nunca me di por vencida. A pesar de que me ahogaba en lágrimas, sabía que la oscuridad no iba a ser para siempre. Homeópata, imanes, inyecciones, tácticas pachamama, electrocardiogramas, psicología cognitiva, desahogos, Freud, Jung, videos, charlas, ansiolíticos, libros y más libros. ¡Lo hice todo!

Conocí en vivo la más cruda desesperación. Y es aún más frustrante cuando las personas que no te comprenden, te dicen: ¡Eso es solo estrés! ¡Sos de mente débil! ¡No le estás poniendo ganas! Mis pocas expresiones emocionales ante tales diagnósticos se resumían a una frase en mi mente: ¡qué fácil es hablar!

Gracias a vos aprendí a callar. Aprendí que no puedo juzgar a quien no conozco y tampoco a quien conozco. Aprendí que no todos me pueden entender y está bien. No todos son expertos en trastornos psicológicos. La gente habla solo por lo que “sabe”. Decirle a alguien que se levante y deje de llorar por depresión es equivalente a implorarle a un diabético para que regule sus niveles de azúcar por sí mismo.

Por medio de tus síntomas, dejé de preocuparme por los demás. Ya no me importó si tenía amigos o no. Aprendí a curar rencores. Mis verdaderos  aliados siempre estuvieron junto a mí, sin importar lo que pasara. Una terapia por Skype, pudo más que un abrazo tangible. Recuerdo siempre las palabras de aliento de mi mejor amigo: -¡Esto es una batalla y hay que luchar para ganarla; es así como pasar pantallas de Mario Bros!

Entre pensamientos desvanecidos, se me gastaban las ganas de vivir. Se me acababa la batería de reserva. Gracias a la psicología cognitiva obtuve las tácticas y herramientas para controlarte. Pero no me curé. Simplemente aprendí a escapar de vos. Eso solo alimentaba mi culpa y frustración. ¿Por qué algo tan elemental me quería mantener atrapada? ¿Es acaso que mi mente se estaba burlando de mí?

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Y entonces pasó. Me encontré con el psicoanálisis. Leer a Freud y a Jung no fue sino simple literatura y filosofía hasta que mi terapeuta les dio sentido. Aprendí a respirar de nuevo. Dejé los ansiolíticos. Comencé a escribir hasta hacerme un blog. Y esta ha sido una de las mejores terapias. Escribir me ha hecho hablar donde, quien quiera escucharme, puede hacerlo con un ‘click’.

Mandé al carajo la universidad. Me cansé de no seguir mis sueños. Me puse a cantar y a componer. Y eso es lo que me hace feliz. ¡Cómo quisiera que todos lo hiciéramos! ¡Qué lindo sería que todos nos proclamáramos seres autosuficientes, dignos de realizarnos y de dignificarnos!

Romper esquemas. Desearía con todas mis fuerzas enviarle una carta a todo aquel que te ha sufrido, porque no sos para siempre. Tengo la firme creencia de que quienes te padecen son personas con un grandísimo coraje. Y sí. La ansiedad mala se cura y la sana ansiedad se queda. No sos sino un botón que inactiva miles de pensamientos negativos gobernados por el cerebro de reptil. Y es hora de cortar con esa herencia intuitiva.

Más meditación y menos pastillas. Más buenas vibras y menos pensamientos negativos. De todo corazón, a quienes estén sufriéndote y sientan que nadie los puede comprender: No está mal estar mal. Somos seres humanos y sentimos. Quienes hemos pasado por vos, tenemos que aprender a vivir la auto-compasión, porque la culpa no lleva sino a una frecuencia dominante de negatividad (y esto aplica para cada área de nuestras vidas).

Una vez que yo comencé a salir de vos, empecé a disfrutar más de lo simple. Me alegraba escuchar el despertador en las madrugadas. ¿Cómo así? Es muy difícil de explicar. La ansiedad se come todos tus sentimientos. No dan ganas de levantarse, ni reír, vivir, o comer. Pero cuando existe esa determinación genuina y nos conectamos con nuestra mente y nuestro cuerpo, empezamos a agradecer por ese lunes a las cuatro de la mañana, ojalá lloviendo y después de un fin de semana largo.

Por último, espero que ayudés a más personas a mejorar sus vidas, al igual que lo hiciste conmigo. Yo me despido de vos para siempre, agradeciéndote sin rencor todo lo que me hiciste trabajar y esforzarme, y que seas para mí y para todo aquel que haya experimentado ataques de pánico, un límpido recuerdo de bravura para afrontar lo que nos depare el futuro, en un presente que no nos robe la paz.

Adiós, Ansiedad.

Atentamente:

Johana Isabel Sánchez Madrigal.

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