A Mónica Santa María… :( -45

Vuelve El Relámpago, con palabras que dejan testimonio de una admiración de hierro. En calidad de destinatario intangible, pero latente, se encuentra Mónica Santa María (1972-1994); famosa animadora de la televisión peruana y con reconocimiento en toda América a través del programa infantil Nubeluz.

Este miércoles 6 de diciembre la ‘dalina chiquita’ estaría arribando a su cumpleaños número 45. ¿Cómo se siente la ausencia de alguien que tocó nuestra vida a través de la televisión? Habrá diversas respuestas, algunas más sentidas que otras. En este caso El Relámpago nos hace reflexionar sobre la particular trascendencia de alguien que conquistó corazones desde un mundo de fantasía, llegando a conectar hasta con 23 millones de niños en 19 países hispanohablantes.

“¿Celebrar o conmemorar?”, se pregunta El Relámpago en torno a la fecha… quizá ambas a la vez, con un texto de mescolanza de emociones, entre la dulce ilusión de Nubeluz y la abrupta ausencia de Mónica en 1994, tras su suicidio…  Demasiada antítesis junta, rápido el contraste de blanco a negro, de cielo a suelo. Para El Relámpago, quedan los buenos recuerdos y las canciones grabadas en su memoria. No es tan simple desalojar a alguien que se quedó tu mente, mucho menos si se ganó un lugar a pulso de entusiasmo, calidez, consejos sobre la niñez, amistad, familia, valores y la vida. Hoy ella no cumple 45 años, de ahí a que el título lleve esta cifra en negativo.

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A continuación el texto:

-45

¿Dislexia matemática? No sé; fácil es con la calculadora de Windows

 y el resultado fue negativo…

 

¿Celebrar o conmemorar? Qué difícil es el primero,

más taciturno aún el segundo.

Estar aquí y no encontrarla. ¿Por qué la tristeza?

Siempre estará. ¿En dónde?

 

Pues queda ajustarse a un fruto color canela con palabras

que dibujan un consuelo, tal afanoso hombro:

 “No hemos perdido a la Dalina, Nubetores”

Y el resultado fue negativo…    

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Y cada vez más complicado la búsqueda de recuerdos y,

 más arrecho, su resguardo.

 

“Quiero aprender de ti… saltar entre las nubes…sentir como tú”.

Qué fáciles melodías… “yo quiero hacer la paz florecer”,

aunque más fácil es pintar ilusión o crear más amor,

 y no caer en polémica con “enfermero para curar el dolor”.

 

Más optimista aún con espada poderosa, escudo de neón,

luz maravillosa, o los rayos luminosos que nos lleven hacia el sol.

 

Y qué decir de aquellos corazones de repuestos:

“Uno sólo es un montón, uniendo a más, la pena se va…

Caminar sin buscar un lugar, la cosa es ir andando,

buscando qué hacer para que andes conmigo”.

 

No hay mejor guía instructiva para no evitar

llegar a lo más alto de una profunda decepción.

 

Amigos hasta el cielo, con el lago de Gus incluido…

 

Alguien que me explique: “Cada día para mi es mejor que ayer”

o el mejor día es el mañana que nunca llegó.

 

Y el resultado fue negativo…

 

Mónica… ¡Feliz Cumpleaños!

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Cartearte

¿Qué es Cartearte y cómo te puede ayudar? (Entrevista radial)

Recordamos la excelente entrevista que nos hizo la periodista venezolana Ana Virginia Escobar, para el programa En Buenas Manos transmitido por Kys Fm 101.5 en el mes de julio de 2016. Tuvimos la oportunidad de comentar, a través de la voz de Fernando Gallardo, responsable del proyecto Cartearte, cuál es nuestra filosofía para la elaboración de cartas y mensajes de amor por encargo, también lo que ha sido la experiencia desde que iniciamos actividades en febrero de 2015.

 

Carta a Malena, por Alois Gutiérrez

Nos gustó tanto esta carta que nos hubiese encantado escribirla. No fue el caso, pero el gusto de leer un texto tan bien contado, tan sarcástico y gracioso,  nadie nos lo quita… Se trata de una epístola clasificada en el género “jurídico-sentimental”, tal como lo dijo Alois Gutiérrez, autor y al mismo tiempo responsable del blog Cuentos de la historia común. Los trances del divorcio, los intercambios desazonados y con abogados por delante, se ponen en manifiesto en este texto que va dirigido a Malena, fechado en julio de 2010. Confieso que nuestra separación me afectó muchísimo, la salud se me deterioró, perdí como treinta kilos en dos semanas”, sentencia el sujeto que demuestra curioso respeto por su dama ya perdida, además una férrea intención de superar ese mal momento que le ha tocado vivir. Al final de los finales hay que seguir y no más. 

A continuación la carta:

Caracas 20 de julio de 2010

Sra. María Elena González (ex de Martinez)

Estimada Malena. Por medio de la presente me dirijo a ti no sin antes desear que te encuentres bien en unión de los tuyos, y los dos nuestros, estos últimos son lo único a compartir que nos queda a ti y a mi  hasta que, literalmente, la muerte nos separe (de mi parte puedes contar desde ahora con un ramito de flores sobre tu lápida aunque sea una vez al año). Sé que ellos para ti son fuentes de alegría y felicidad, y para mí; fuentes de egresos por concepto de pensiones alimenticias, pero igual queridos como hijos míos que son, tú lo sabes.

Acuso recibo de una misiva enviada por tu abogado, el doctor… perdona que no recuerde su nombre en este momento, me acostumbré tanto a decirle “el hijo de puta” que su verdadero nombre se me borró por completo de la mente, cosas de la edad creo. En su amable carta  el doctor (voy a llamarlo así hasta que me recuerde su nombre) me notifica el ejecútese de la partición de bienes adquiridos durante nuestra inolvidable unión matrimonial. Aunque tú nunca trabajaste y solo te consagraste a la supervisión del personal de servicio de la casa, cosa que no subestimo, yo acepto la orden emitida por su señoría el juez Gabilondo con la obediencia de alguien como yo, defensor de la ley y el orden. Por cierto; supe que tu madre es madrina del hijo menor de Gabilondo, es que el mundo es un pañuelo.

Volviendo al tema que me trae, a pesar de todas las vicisitudes tu sabes que yo no tengo interés por las cosas materiales, no me gustaría enturbiar esta separación entre tú y yo que hasta ahora, gracias a Dios, se ha llevado dentro de los mejores términos, y menos por unas propiedades que están bajo medida de embargo por incumplimiento de pagos a una de nuestras empresas proveedoras, todo por culpa de la quiebra aparatosa de mi, perdón, nuestra empresa. Afortunadamente el acreedor ha sido comprensivo y paciente conmigo para no hacerme traumatizante la situación de ruina, cosa que no es de extrañar ya que el dueño es, por esas casualidades de esta vida, Carlos Godberg, mi mejor amigo, casi hermano, desde nuestros tiempos de infancia. Pero la ley es la ley, y yo no voy a abusar de los años de confianza que mutuamente nos hemos profesado él y yo.

Cuando esta carta llegue a tus manos ya el embargo habrá sido efectuado en su totalidad, no te lo dije antes para no mortificarte y amargarte la existencia. Pero no todo son malas noticias, mi amigo Godberg, en un magnánimo gesto de solidaridad humana, no embargó el Mercedes Benz deportivo que compré a tu nombre para celebrar nuestro aniversario de bodas el año pasado, te lo dejo a ti sin ningún tipo de reclamo, sé que aún faltan cinco años para terminar de pagar esas altas mensualidades, pero tú te lo mereces en pago a esa intensa relación que hemos vivido juntos, desafortunadamente no podré ayudarte en los pagos porque quedé casi en la indigencia.

Confieso que nuestra separación me afectó muchísimo, la salud se me deterioró, perdí como treinta kilos en dos semanas, mi médico me dijo –si no cambias de ambiente por otro más sano no te doy más de seis meses de vida-, por el bien de todos, y para evitarles molestias, me he ido del país, esta carta te la he enviado desde las islas Caimán, donde espero recuperarme a largo plazo del inmenso dolor que me produce tu ausencia.

Cuídate mucho, cualquier duda habla con mi abogado, él te pondrá al tanto de todo. Espero que encuentres el hombre que te mereces, no uno como yo lleno de defectos, pero… tal vez… uno como tu abogado.

Atentamente

Bradley Martínez

La última papa frita

Miguel no lo sabía, Ana sí… ¿Acaso se puede anticipar el final de un amor antes de que comience el diálogo de clausura? A veces sí, reparando en el discurso latente, en las miradas perdidas, en la ausente sensación de paz que alguna vez los llevó a estar juntos, plenos, sonriendo al pulso de un amor que se vive como una embriaguez sin vino.

Fueron a cenar en un sitio que visitaban esporádicamente, un restaurante ideal para paliar el hambre a bajo costo. Miguel quiso comer una hamburguesa y Ana dijo no tener mucha hambre, aunque luego acordó pedir una ración de papas fritas en conjunto con su novio… Eso sí, con un chorro de mostaza y otro de kétchup en el lateral del plato, para cumplir con el sagrado ritual de untar cada una de sus larguiruchas y aceitosas patatas antes de comerlas. Así avanzaron en su comida, como si fuese una función ensayada por años. Sin embargo había una tensa calma. Esa noche los diálogos fueron breves, precisos, las sonrisas austeras y poco efusivas. 

Ana dijo querer decir algo que no sabía cómo decir, mientras su mano temblorosa empuñaba una servilleta… aunque luego parecía que se aferraba a ese papel para no desplomarse. La voz de ella se quebraba diciendo que ya no estaba gusto con ella ni con nadie, que sentía hastío de no sonreír en su alma, meses de incomprensión, ganas de llorar y no entender por qué, de querer cambiar mil aspectos en su vida y no saber por dónde empezar. 

Prestando atención al discurso, Miguel no se percató de las lágrimas de Ana, que rodaban por sus mejillas como un caudal creciente. “Tengo meses queriendo decirte que nada tiene que ver contigo, soy yo, que no me encuentro”, expresó la chica; mientras su interlocutor permanecía inmutado sin saber muy bien en qué momento la cena se convirtió en un adiós.

Miguel lo presentía, con meses de intentos por sacarle sonrisas a Ana y no poder. Ganas infructuosas de verla bien, como antes. Estuvieron cinco años juntos. De a poco se fueron alejando y no por intrusos, sencillamente fueron soltando sus manos. Coincidían en cansancio y divergían en razones, que al final no importaba mucho averiguarlas.

Ana declaraba su libertad esa noche, también liberaba a Miguel. Se tomaron un instante para digerir el asunto y pidieron la cuenta. Allí quedó un rastro de lo que alguna vez fue un amor, servilletas dobladas donde estuvo una hamburguesa y una papa frita huérfana sobre un papel traslúcido con trazos de kétchup y mostaza, sobre el modesto plato de la última ración que pidieron juntos. Ninguno la quiso, ya estaba fría, ocupaba la mesa como la nostálgica espectadora de una escena que no se repetiría.

(historia dedicada a todas las papas fritas que vieron a una relación terminarse)