Cartas de amor de un docente para una estudiante

El intercambio humano en el contexto de los sentimientos siempre deja huellas, indistintamente de que los espacios transitados sean físicos o electrónicos. En esta oportunidad compartimos los vestigios de una relación furtiva entre un docente universitario venezolano y una alumna a quien le impartía clases. Puede que se ponga en el tapete un debate moral, pero lo cierto es que ellos comenzaron a platicar vía celular, alimentando la complicidad de un posible romance; pese a que la chica tenía novio.

Cartas (1)Estos detalles los ofreció el profesor, un asiduo lector de Cartearte, quien decidió compartir con nosotros cuatro cartas que escribió y diseñó para ella, de fácil consumo en dispositivos móviles y con emoticones incorporados. Los textos se pasean entre la efervescencia de una ilusión, encuentros de bajo perfil, admiración, confesiones, promesas y planes que resultaron frustrados. Curiosamente en una de las cartas tiene una cita del psicoanalista alemán Fritz Perls (1893-1970), haciendo referencia a la teoría Gestalt: “Yo hago mi vida, Tú haces la tuya. Si coincidimos, será maravilloso. Si no, no hay nada que hacer”.

Parece que ellos no tienen nada que hacer, ya no. Ella seguirá con suCartas (2) relación (de la que nos permitiremos especular que no es la más sólida) y el docente con su vida. Aunque las cartas solo dejarán testimonio del sentir de una de las partes, el educador acotó que ambos lograron una intensa conexión emocional durante dilatadas conversaciones nocturnas, pasada la medianoche.  

Cartas (3)“Me dijo  que yo le atraía, pero no se atrevió a dar el siguiente paso”, dice el profesor, quien ante la infructuosa experiencia libra de cualquier responsabilidad a la estudiante (a quien llamaba princesa), reconociendo que él sabía la complejidad de la situación. Ella se alejó sin permitir un último encuentro, de esos que tienen propósito de revisión y despedida. Quiso cortar en seco lo que dejó que creciera por meses. Fue como si prendiera fuego a los puentes de comunicación.

Más allá de las miradas cómplices en clases, la retrospectiva no contemplaCartas (4) encuentros físicos, ni siquiera un beso. Todo el rastro de ella, para él, se resumió en numerosas fotos alojadas en el celular, también imágenes que eran punto de partida de conversaciones. Tras una sesión de limpieza llegaron a quedar solo cuatro registros, que son los que compartimos en esta publicación.

Es una historia más, que pudo darse en cualquier universidad, entre dos personas que comienzan a sentir sin importar que no sea en vivo y a todo color. 

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El amor no correspondido de Charlote Brontë

Quien haya vivido al pulso de un amor no correspondido tiene una idea de lo que sintió la novelista inglesa Charlote Brontë (1816-1855), aunque no todos tienen la capacidad de describirlo como ella y no todas las cartas de amor se hacen públicas. Esta escritora, considerada una de las más influyentes novelistas románticas, vivió en carne propia el desamor y el desespero. Por años estuvo enamorada de un profesor belga, casado, con cinco hijos y quien además no le correspondía.

El portal electrónico www.libropatas.com/ reseña un artículo llamado ‘Cartas de amor de Charlote Brontë’, en el que se narra que tanto ella como su hermana fueron a Bruselas (Bélgica) a eso de los 20 años para estudiar en el internado femenino de Pensionnat Heger, donde a cambio de clases de inglés y música (que daban, respectivamente, Charlotte y Emily) podían asistir al resto de las clases.

El lugar estaba dirigido por la señora Zoë Heger y su marido, Constantin, que era también el profesor de literatura francesa y quien sirvió de clara inspiración para el serio profesor Paul Emanuel en la novela ‘Villette‘.

A continuación fragmentos del artículo:

Pero además Charlotte se enamoró locamente de él, a pesar de que no tenía ninguna posibilidad y estaba siempre bajo la atenta mirada de su mujer. Incluso cuando dejó Bruselas y volvió a Inglaterra, seguía siendo incapaz de olvidarse de él. Por eso le escribía cartas, al principio, varias a la semana, y después, a petición de la señora Heger, solo una cada seis meses.

La mayoría de esas cartas se perdieron. Solo cuatro han llegado hasta nosotros y no sin dificultad. Están recosidas, y se cree que Constantin las tiró a la papelera, y fue su mujer quien las buscó allí, recompuso los pedazos y las volvió a coser. Están escritas en francés, un idioma que, según ella, “es el más preciado para mi porque me recuerda a usted -amo el francés en su honor con todo mi corazón y mi alma”.

M20Heger“… Le digo francamente que he intentado olvidarle durante estos meses, porque el recuerdo de una persona a quien uno no cree que pueda volver a ver de nuevo y a quien, sin embargo, se tiene en gran estima, atormenta demasiado la mente; y cuando uno ha sufrido ese tipo de ansiedad durante un año o dos, está dispuestoa hacer cualquier cosa para reencontrar la paz. Yo lo he intentado todo; he buscado ocupaciones; me he negado a mí misma por completo el placer de hablar de usted, ni siquiera a Emily; pero no he sido capaz de superar ni mis pesares ni mi impaciencia. Lo cual, de hecho, es humillante: ser incapaz de controlar los propios pensamientos, ser esclava de un pesar, de un recuerdo, la esclava de una idea fija y dominante que gobierna despóticamente la mente. ¿Por qué no puedo recibir tanta amistad de usted, como usted de mí, ni más ni menos? Entonces estaría tranquila, tan libre que podría mantenerme en silencio durante diez años sin esfuerzo”.

Y no ahorra palabras en la descripción de su inquietud, porque ya se sabe que todas las cartas de amor son ridículas: “Prohibirme que le escriba, negarse a responderme, sería arrancarme de mí mi única alegría en la tierra, privarme de mi último privilegio -un privilegio al que nunca consentiré en renunciar voluntariamente-. Créame, maestro, escribiéndome hace una buena acción. En tanto que creo que usted está complacido conmigo, en tanto que tengo esperanzas de recibir noticias suyas, puedo descansar y no sentirme muy desdichada. Pero cuando un silencio prolongado y tenebroso parece amenazarme con el alejamiento de mi maestro, cuando día tras día espero una carta, y cuando día tras día solo llega la desilusión para sumirme en una tristeza abrumadora, y la dulce alegría de ver su escritura y leer su consejo huye de mí como una visión vana, entonces me reclama la fiebre, pierdo el apetito y el sueño y languidezco”.

La falta de amor causó estragos en ella: “Me digo a mí misma, lo que le diría a otra persona en un caso así: “Tienes que resignarte, y sobre todo, no angustiarte por una desgracia que no has merecido”. Hice todo lo posible por no llorar ni quejarme, pero cuando uno no se queja, y se domina a sí mismo con la fuerza de un tirano – las facultades se levantan en rebelión – y uno paga por esa calma exterior  una lucha interna casi insoportable. Día y noche sin encontrar descanso ni paz, si duermo me atormentan los sueños en los que le veo siempre grave, siempre taciturno y enojado conmigo . Perdóneme entonces señor si tomo la decisión de escribirle de nuevo, ¿cómo puedo soportar  mi vida si no hago un esfuerzo para aliviar mi sufrimiento?”

A destiempo

Debo empezar confesando que sólo hasta el mes pasado, casi seis meses después de que te fueras de casa, me di cuenta de que nos habíamos separado.

Cuando me asomé al balcón a esperar que Adrián subiera al carro, reconocí en tus gestos que habías empezado a enamorarte de alguien más. Tratabas de ser discreto, por supuesto, tu hijo llegaría en cualquier momento; pero aun así el modo en que tomabas su pelo y sonreías era muy elocuente. No alcancé a detallarla porque sólo lograba reparar en ese coqueteo tuyo que llegué a conocer tan bien. Y me enloquecí de celos, de ira, de angustia. “¿Cómo pudiste, cómo pudiste, cómo pudiste?”, me repetía. “¡Pero si seguimos casados!”. Hasta busqué el anillo y volví a ponérmelo, como para sentirme segura de nosotros. “Seguimos casados, está todo bien”.

Hasta ese momento juraba que tu ida de casa no era más que una malcriadez, un arranque de dignidad del que te arrepentías todos los días. Estaba segura de que en cualquier momento me invitarías a cenar, dejaríamos a Adrián donde tu mamá y terminaríamos en casa. Después de 12 años juntos y decenas de rompimientos era lo predecible: siempre volvías sin importar de quién fuera la culpa.

Por eso, cuando mis amigas me preguntaban cómo me sentía, les respondía “¡Súper!”, “Liberada”, “Feliz”, “De 20 de nuevo”, y me reía. Al fin y al cabo -pensaba- soy joven y  atlética, más bonita que cualquiera que pueda levantarse él, con ese poco de canas y esa panza abultada. Ellas se miraban entre sí y cambiaban de tema. Sólo Mireya insistía en que lo pensara bien. Me preguntaba, impertinente como de costumbre, si estaba segura, por qué no te llamaba. “¿Yo?”, le respondía con voz atontada. “¡Él es quien se fue!”. Y con eso zanjaba la conversa.

Claro, no había entendido la magnitud de lo que estaba viviendo. No había caído en cuenta de que de verdad verdad, ahora sí, te habías fijado en alguien más harto de mis desplantes, de dormirte abrazado a Adrián porque yo no llegaba, de mis reuniones con amigas, amigos, compañeros de trabajo, compañeros de natación, de mi incapacidad de sentarme con Adrián a hacer tareas al menos una vez a la semana, de mi inapetencia, de mi impaciencia para escucharte, de mi frialdad, de mis faltas de respuesta a tus “te amo”… De eso que me pediste tantas veces que cambiara y que yo siempre asumí que debías aguantar.

No sé si es muy tarde para esta carta. Estoy segura de que no esperabas que te escribiera en este momento y de que muy probablemente hayas descartado la idea de que volvamos a estar juntos. Pero creo que nos merecemos encontrar un modo de empezar de nuevo. También sé que no fui la esposa más adorable que hayas podido tener y que piensas que te escribo movida por los celos y que, una vez que nos reconciliemos, volveré a comportarme igual. Pero te juro que nunca había sentido esta angustia. ¡En estos días he extrañado hasta la música horrenda que escuchabas en el carro!

Aunque parezca impensable me sorprendo extrañando ese modo tuyo de hablar, tan lento que me exasperaba; tu suéter verde desteñido atravesado siempre de la silla de la sala; tus libros apilados en mi mesa de noche. Quisiera que volvieras a tomarme la mano para ver televisión como si, incluso teniéndome al lado, necesitaras estar seguro de que sigo ahí. Quisiera volver a escucharte poniendo voces mientras le lees algún cuento a Adrián e imitas relojes, carros, pájaros, vacas, ovejas, niños… Entiendo que lo que hemos pasado no se arregla con unos cuantos párrafos, pero no quería dejar de decirte lo que siento: lo lamento y te extraño. ¿Podemos hablar?