Desempolvando el obituario sobre el destino en el film Serendipity

Debe ser difícil perder un alma gemela y una prometida el mismo día. Aunque se trata de la película Serendipity (2001), protagonizada por Jonh Cusack (Jonathan Trager) y Kate Beckinsale (Sara Thomas); las inquietudes y reflexiones en torno al amor nos resultan estrechamente familiares. El film se basa en dos extraños que compartieron una amigable noche decembrina tras conocerse en un almacén y se despidieron sin intercambiar sus números, dejando a la suerte el volverse a ver. ¿Sera que existe el destino…? El argumento quiere decirnos que sí, al reflejarlo como una fuerza mayor que nos lleva a donde y con quien debemos estar. Para esta publicación hemos rescatado el obituario imaginario que escribió el mejor amigo de Trager, Dean Kansky, en el momento cumbre de la historia cuando el protagonista se rendía en la búsqueda de Sara, exaltando la transformación que estuvo experimentando en el nombre del amor.

 A continuación el obituario:

Jonathan Trager, prominente productor ejecutivo de ESPN, murió anoche a causa de las complicaciones surgidas al perder a su alma gemela y a su prometida. Tenía 35 años. De voz suave y obsesivo, Trager nunca tuvo el aspecto de un romántico empedernido, pero durante los últimos días de su vida reveló una parte desconocida de su mente, esa persona oculta casi junguiana emergió durante la búsqueda en plan de Agatha Christie de su ansiada alma gemela, una mujer con la que solo pasó unas pocas horas preciosas.

Tristemente la prolongada búsqueda terminó en la noche del sábado en un completo y absoluto fracaso. Incluso ante la derrota, el valiente Trager seguía aferrado a la creencia de que la vida no es meramente una serie de accidentes o coincidencias sin sentido, sino más bien un tapiz de acontecimientos que culminan con un plan exquisito y sublime.

Cuando le preguntaron sobre la pérdida de su amigo, Dean Kansky, ganador de un Premio Pulitzer y director ejecutivo del New York Times, describió a Jonathan como un hombre nuevo en los últimos días de su vida. Veía las cosas más claras, observó Kansky.

Al final Jonathan concluyó que para poder vivir en armonía con el universo, todos debemos poseer una poderosa fe en lo que los antiguos llamaban fatum, lo que comúnmente calificamos como destino.

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