(I parte) Adrenalina en montaña rusa

Si esta relación hubiese sido un recorrido en montaña rusa, en las siguientes dos cartas tenemos momentos sensiblemente contrastantes. Por un lado está el derroche de adrenalina a toda máquina y por el otro la irremediable disminución de velocidad al final del viaje, antes de que se bajaran los dos tripulantes. Con esta doble publicación ofrecemos la bienvenida a una nueva colaboradora, Andrea Sañudo Taborda, bloguera colombiana responsable del portal diariodeunacaminata.tumblr.com/ (donde lee en voz alta y escribe sobre la literatura que le gusta). Ella nos compartió dos cartas, para reseñar una; aunque al estar conectadas por la misma historia nos pareció sensato mostrar ambas.

Autodenominada “lectora por vocación e intento de escritora por pasión y a veces por equivocación”, la autora expone en la primera misiva la ilusión que caracteriza un romance naciente, a distancia, con las ganas contenidas y el bonito hábito del intercambio epistolar. “Estábamos enamorados y en la distancia anhelábamos por encima de todo la presencia y el tacto del otro y la palabra era ese lugar para habitar y construir”, nos explicó Andrea.

A continuación la carta:

Querido Señor:

Lo pienso, pero permítame ser más precisa: lo imagino sonriendo, caminando por la calle cantando, viviendo.

¿Sabe? No hay lugar más cercano a mi alma que aquel construido a través del lenguaje y es que, ¿qué es la de la vida sin la palabra creadora y dadora de amor, de sentido? Por eso espero con ansias sus cartas que son el lugar donde ahora nos encontramos y no sabe cuánto agradezco por ellas porque soy sensible a la belleza y honestidad de sus letras.

Le confieso que anhelo su presencia: caminar tomados de la mano, sintiendo la brisa, escuchando los sonidos de esa ciudad que amamos y que nos vio amarnos esas tardes de abril que supimos llenar de besos, de risas y de poesía y quiero decirle que espero con ansias la noche que trae su voz y su vida a la mía y no puedo evitar preguntarme qué pensará de nosotros ese cielo oscuro que nos cubre.

Lo intuyo señor, dormido, respirando suave, para poder abrazarlo y dormir a su lado.

Lo nombro, porque su nombre es promesa, es anhelo, es poesía.

Y le pido señor, que me recuerde… que vuelva a pasar por su corazón mi vestido de flores que tanto le gusta y el olor a chocolate de mis rizos, mientras camino al ritmo del canto de Oya que se mezcla con el viento y con los tambores de Elegguá en mi corazón, porque así me late cuándo es usted en el teléfono.

Aquí,

A.

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